Llegar a Ostuni es como entrar en una postal mediterránea. Desde el autobús, los olivares se abren paso hasta revelar una colina de casas encaladas que brillan bajo el sol: la famosa “città bianca”. Pero Ostuni no es solo una imagen bonita, es una experiencia.
Mi recorrido comenzó en la Plaza de la Libertad, corazón del casco antiguo. Allí me recibió el imponente obelisco de San Oronzo, patrón de la ciudad, que según cuentan, la protegió de la peste en el siglo XVII. A su lado, el Palacio de San Francisco y su iglesia añaden un toque neoclásico al entorno.
Perderse por las callejuelas del centro histórico es obligatorio. Escalinatas, arcos y terrazas con vistas al mar aparecen en cada esquina. La Via Cattedrale te guía hasta la catedral de Santa Maria dell’Assunzione, con su fachada gótica y cúpula de mayólica colorida. Aunque su horario es impredecible, el exterior ya merece la visita.
No pude resistirme a buscar la famosa Porta Blu, una puerta azul sobre fondo blanco que se ha convertido en icono de Instagram. Justo al lado, el mirador ofrece una panorámica inolvidable, especialmente al amanecer.
Y si te queda tiempo, las playas de Marina di Ostuni te esperan con aguas cristalinas y rincones protegidos como Torre Guaceto. Ostuni es historia, sabor, mar y luz. Una parada imprescindible en cualquier ruta por Puglia.
Fuente principal: saltaconmigo